Otro día os contaré por qué mi lectura de confort son los libros escritos por maricones decimonónicos ricos en los que no pasa nada, pero una de las cosas que me llama la atención es la cantidad de tiempo que pasaba esa gente escribiendo cartas. No sólo porque lo tuvieran, claro, que en definitiva son ricos y no tienen nada mejor que hacer, sino la importancia protocolaria, social, intelectual, de escribir cartas.

Gran parte de lo que conocemos de la historia es gracias a que la gente escribía lo que pasaba, lo que pensaba y lo que sentía, en cartas. Hasta nuestros días sólo han llegado las cartas de gente importante, que las historiadoras y cronistas han recopilado, investigado, editado y publicado hasta reconstruir la vida interior de aquellas personas que, de otra forma, sólo conoceríamos por su vida exterior. La novela Posesión, de A. S. Byatt, me ha obligado a pensar más pausadamente sobre ideas que rumiaba alrededor de las cartas. Por una parte, el pudor de leer algo que no está escrito para mis ojos públicos, sino para una persona en particular, es asomarse a la intimidad de una persona que no me ha invitado a pasar. Por otro lado, esa persona lleva décadas muerta y ya no está en una posición en la que le pueda importar, mientras que para su público es (o parece) enriquecedor entender la vida personal del icono, incluso aunque a veces sea para saber que tu icono era un cabrón con pintas. Reconozco la belleza y la intimidad de entender a la persona detrás de las cosas que nos hacen felices, aunque a veces creo que sería mejor vivir en la inopia. No hay respuesta fácil a esto.

Dejaré para otro momento la rumiación sobre lo que nos deja de pertenecer cuando nos morimos y no queda nadie que recuerde el sonido de nuestra voz.

Lo que casi se me olvida es que todo el mundo que sabía escribir escribía cartas. La carta era el medio de comunicación, no había alternativa, así que necesariamente si querías decir algo a alguien, tenías que escribir una carta. Por suerte, la inmensa mayoría de esas cartas son irrelevantes, escritas por gente irrelevante, y se han perdido por el camino de la irrelevancia, y digo por suerte porque eso libera de la responsabilidad de tener que escribir algo relevante cada vez que apetece escribir. Teniendo eso en mente ha sido como he podido persuadir a mi autoexigencia de que me deje sentarme un rato delante de mi teclado y ordenar mis ideas sin más aspiración que la de tenerlas un poco más claras y, tal vez, allanarle el camino a alguien que tenga ideas parecidas a las mías y le apetezca leerme.

En definitiva, me doy permiso para escribir mal. Casi todo el mundo escribe mal. Escribir mal no te quita el derecho a escribir. No tener aspiraciones no te quita el derecho a escribir. No tener ideas originales, o ideas buenas, o ideas que importen a alguien más que a tus amigas no quita el derecho a escribir. En realidad, sólo yo misma me quito el derecho a escribir, precisamente porque siento que para lanzar algo al universo infinito de internet debe ser algo que mereciera la pena, de lo contrario, era ocupar un espacio que podría estar ocupando otra persona mejor que yo.

Es una bobada comprender internet como un espacio finito, pero el tiempo y la atención de la gente que me importa si lo es, y con qué derecho iba yo a reclamar diez minutos cada semana, pudiendo dedicar esos diez minutos a leer a gente que escribe buenas cartas. No dejo de sentir que ocupo un pedacito de internet que debería estar ocupando otra persona más lista que yo, pero es como si una costurera de 1922 dejara de escribir cartas a su amiga porque está usando un papel que podría estar dedicándose a otra cosa más útil. Es cierto, pero ese papel también podría haber acabado siendo propaganda nazi, así que mejor llenarlo de cotilleos, quejas, amores, bobadas, recetas, la vida, la muerte y todo lo que ocurre en medio. Nuestras vidas son globalmente irrelevantes, individualmente fundamentales. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Creo que todas las que estrenan una tinyletter lo hacen reflexionando sobre la intimidad y tejer redes. No aspiro a eso porque no creo que lo que vaya a escribir aquí vaya a ser un nodo de nada. Hay una componente pausada de querer ordenar pensamientos y darlos por terminados para que dejen de pulular por mi cabeza sin saber dónde aterrizar, pero también hay una parte egoísta que quiere soltarle al mundo su poyó, porque le han dicho demasiadas veces que es lista o lo que lo que dice es interesante. También es cierto que os estoy abriendo mi intimidad, y da vértigo lanzar a vuestros correos un texto que no puedo borrar, igual que no puedo desdecirme de las estupideces que digo en público. Espero que no me lo tengáis muy en cuenta, y me disculpo por adelantado, porque mi aprendizaje sigue estando construido sobre la paciencia y el trabajo (a veces remunerado, a veces intercambiado, a veces no) de otras personas más listas que yo. Pero, en definitiva, esto es una carta que escribo a una amiga y creo que es el lugar en el que nos damos permiso para equivocarnos y que tu amiga te diga que acabas de decir una gilipollez enorme. No dudéis en decirme que he escrito una tontería cuando lo haga.

Y eso es todo. La siguente saldrá mejor. Qué vértigo.

Malti.

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