Todos los años por estas fechas tan señaladas, tan puntuales como el anuncio de la lotería, el turrón en los supermercados y los niñatos con los petardos, vienen los cínicos negacionistas de pasarlo bien a decirte que la navidad es una mierda y que la corrección de espíritu reside en no celebrar nada, no reunirse con nadie, no intercambiar regalos, cenar un bocadillo en chándal y acostarte a las diez. Dejaré el inmenso rant que tengo contra el cinismo para otro momento porque no quiero autoamargarme la tarde.

El caso de los cínicos y las tradiciones es el de siempre: confundir la tradición con lo que el capitalismo y la institución de familia nuclear han hecho de ella. Las tradiciones no son objetivamente buenas ni malas (las que no implican sufrimiento animal o personal, obvio), lo complejo es cómo nos relacionamos con ella. Las tradiciones son lugares comunes, días señalados en los que seguimos un determinado ritual que nos han inculcado, sin justificación, porque las tradiciones no necesitan estar justificadas. Lo flipante (para mí) de las tradiciones y sus rituales es que es uno de los pocos vestigios que nos quedan de transmisión oral de la cultura, porque cualquier intento de atraparlas por escrito deja en evidencia el problema de la cultura escrita: es estática, pero las personas y las tradiciones vinculadas a las personas (que no a las instituciones) no lo son. Si lees cualquier intento de sistematizar lo que se debe hacer durante las fiestas de navidad te va a dar la risa, porque no se va a parecer en nada a lo que se hacía en tu casa hace veinte años, ni cien años, ni a lo que haces ahora. Porque las tradiciones y sus rituales están vivas y evolucionan como evolucionamos nosotros, y eso es bellísimo.

La navidad, como la entendemos actualmente, tiene muchos problemas, pero todos vienen derivado de lo mismo: de la imposición externa. Gastarte más dinero del que quieres o te puedes permitir en regalos, reunirte con gente que no te hace sentir cómoda, comer más de lo que realmente te apetece y, en definitiva, perder el control de tu tiempo, energía y recursos porque una masa informe de deber, tradición y presión social te obliga. Eso es, sencillamente, una mierda. Pero no creo que eso sea todo.

Queda pendiente otra carta sobre lo que opino de relación con la espiritualidad que tenemos ahora, pero os adelanto alguna cosa: creo firmemente que las personas no podemos vivir sin espiritualidad y que negárnosla es, en el mejor de los casos, una estuipdez, y en el peor, el origen de mucho de los males actuales. Otra vez, la clave de todo esto es qué forma le damos a esa espiritualidad, asociarla unívocamente a instituciones (como las religiones organizadas) y a un estado de madurez personal menos elevado que La Razón. Las tradiciones son otro vestigio de espiritualidad colectiva que nos queda: es tiempo reservado para una actividad interior y grupal que de otra manera no reservaríamos, porque ya no forma parte de nuestra rutina y no somos dueñas de nuestro tiempo. El día de todos los santos es el día reservado (hasta laboralmente) para acordarse de toda esa gente que quieres y ha muerto, y que tú personalmente puedes dedicar a ir a fregar y poner flores a la tumba de tu padre, tomar café con tu tía y reírte con las anécdotas que contaba tu abuela cuando se tomaba una copita de anís, o quedarte en casa juando a la play porque te la suda. Las tres opciones son válidas, pero las dos primeras las puedes hacer gracias a que nos hemos puesto de acuerdo en que ese día es el dia de hacer esas cosas. Se podría hacer cualquier otro día, claro, pero sería  mucho más trabajoso y menos acompañado. Se hace menos duro fregar una lápida si no estás sola.

Con fin de año pasa igual. El concepto de fin de año es arbitrario, la medida del tiempo como la entendemos es una casualidad astronómica y mañana será un día exactamente igual que hoy, perdido en la inmensidad del universo. Y eso no quita que sea el dia que reservemos colectivamente a pensar en todo lo que ha pasado en el último año. Honestamente, ¿lo haríamos si no tuviéramos ese día? ¿nos daríamos un día entero, festivo, para preguntarnos cómo nos hemos sentido, qué decisiones hemos tomado, cómo podemos hacerlo mejor la próxima vez, dar un cierre a lo malo, abrirnos la puerta a lo bueno que esté por venir? Una ventaja de dejarnos ver durante un rato que el tiempo también es cíclico es que podemos aprender del ciclo anterior y aplicarlo en el siguiente. Nos damos la oportunidad de empezar de nuevo.

Los rituales no son razonables, y por eso nos dan ese confort, porque nos quitan la responsabilidad de justificar lo que hacemos, por una vez. Por eso, porque no son razonables, también podemos (o deberíamos poder) descartarlos si no nos dan ese confort, o incorporar otros que nos gusten. Las tradiciones no están escritas en piedra, son tuyas y están tan vivas como tú, y no hay una división entre lo correcto y lo incorrecto que no salga directamente de lo que te gusta. Invéntate tus propias tradiciones, descarta lo que no te gusta, cámbialo tantas veces como te dé la gana. Las tradiciones y los rituales asociados están, en el fondo, dedicados a acomodarse a ti, y tan válidos son los que llevan en tu familia diez generaciones que los que te acabas de inventar. Sé que es difícil huir de la marabunta, pero también estoy segura de que tienes más margen de maniobra del que te concedes.

Mi pequeño ritual, cuando vivía en casa de mis padres, era escuchar una canción concreta tan pronto acababa de tomar las uvas, para empezar el año con algo hermoso. Las canción la tenía en una grabación casera de casette que hice de un programa de Radio 3 que se llamaba Diálogos 3, dirigido por Ramón Trecet. Es una versión de La Marcha de Brian Boru, una canción compuesta para el Gran Rey de Irlanda alrededor del año mil, y generalmente tocada en arpa. Se dice que Brian Boru ordenó que esta marcha sonara cada vez que entraba en el salón del trono. No sé si es verdad, pero me da igual, porque no he venido a ser razonable, sino a escuchar una melodía que tiene más de mil años y que me emocione hasta las lágrimas. Os la dejo aquí, junto con mis deseos de que paséis este día como os dé la gana. Espero que tengáis un nuevo año lleno de belleza.

Un abrazo,

Malti.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *