Siempre escucho música sola. 

Vivo sola, trabajo desde casa, casi todo mi tiempo de interior es en soledad, salvo cuando viene mi novia a verme. A veces, cuando vienen amigas a casa, pongo algo de música de fondo, algo que no distraiga, que llene los silencios para que no sean incómodos para nadie pero no roben la atención de nosotras, que es lo importante. Pero escuchar escuchar, escucho música cuando estoy sola. 

Es curioso, porque mi novia y yo somos muy amantes de la música y tenemos gustos muy parecidos, pero muy pocas veces escuchamos música cuando estamos juntas. Creo que es porque no pasamos el tiempo suficiente  de intimidad como para desaprovecharlo calladas y escuchando. Siempre tenemos muchas cosas que decir y que escuchar la una de la otra. Lo que sí hacemos es escuchar el mismo disco a la vez, cada una en su casa. No cuenta como estar juntas, pero compartimos estado de ánimo. 

Mi novia y yo sólo escuchamos música juntas cuando viajamos en coche. Tengo un altavoz portátil que encajo entre su asiento y el mío, y, como buena copiloto, me encargo de elegir la banda sonora de ese trayecto. Escuchar música mientras viajo en coche es una de mis formas favoritas, porque si eliges bien, el sonido se acompasa con el paisaje, la carretera me mantiene lo suficientemente alerta como para que mi mente no se escape, mi atención física se queda en el camino y mi atención mental en la música. Es el momento en el que más atención presto a lo que escucho, y además suelo escoger música con letras claras, porque mis muros de sonidos habituales no encajan bien con el ruido de un motor y la necesidad de mantenerse alerta. A veces me pide que ponga su lista de reproducción favorita para conducir, y entonces suenan los Smiths. Nunca antes había escuchando a los Smiths. Tal vez algo sonara en la radio, algunas melodías me resultan familiares, pero no me había sentado a escucharlos con atención hasta entonces. Sabía que existían, claro, pero era una música que le había pasado a otra gente, no a mí. Creo que no había llegado en el momento adecuado, o por el canal adecuado, o no supe encontrarme con ese sonido en particular. Los pasé por alto, sin más, no era para mí. Los Smiths son la música de la adolescencia de las generaciones anteriores a la mía, con penas distintas a la mía. 

La música de mi adolescencia no fue exactamente mía, sino un conglomerado de influencias de los adultos de mi alrededor que me sonaban bien, pero que no permitian explorar más allá, y los gustos de mis amistades de entonces, que no resonaban en mi pecho como les hacía a ellas. Mi adolescencia justo cayó en el impass entre los cedés omnipresentes (que no tenía dinero para comprar ni dependiente de tienda de discos que me aconsejara) y las canciones descargadas una a una en emule (y que no tenía acceso a un ordenador, internet o el conocimiento). Tengo buenos recuerdos de la música que escuchaba entonces, pero casi nada ha perdurado el paso del tiempo. Aguantaron Fleetwood Mac, Eric Clapton y Bob Dylan, porque el alma del folk y del blues sigue viva debajo de toda estas capas de doom y darkwave, pero el folk y el blues no es música para adolescentes. Entiendes lo que estás escuchando cuando aprendes a vivir con la tristeza, no como un estallido de lágrimas, sino como el ruido de fondo del frigorífico que vibra, como algo que está ahí a veces y que no sabes como acallar, que ya forma parte de tu paisaje. 

Cuando por fin presté atención a los Smiths entendí por qué, quien los escuchó en la adolescencia, no va a dejar de escucharlos nunca. Las letras, ingeniosas, tristes en su tristeza dramática, irónicas, descubriendo el desencanto vital, la melodía, melancólica y luminosa, despreocupadas más allá del momento presente. Es la música de la pena joven, de la tristeza recién descubierta, de los problemas que parecen enormes cuando tienes diecisiete años, de la intensidad de la adolescencia. Morrissey era el amigo que te comprende cuando nadie más lo hace. Escuchándolo imagino a mi novia, adolescente escuchándolo.

Un día, cuando quise prestarles más atención y me los puse en casa, tardé treinta segundos en empezar a llorar y no pude parar durante horas. Me di cuenta de que los Smiths cantan a la adolescencia que nunca tuve, a las penas que ojalá hubiera sentido y no sentí, a las nostalgias que entonces sonaban frívolas. Me di cuenta de que en realidad no había conectado con los Smiths porque nunca había sido adolescente más allá de vivir la franja de edad. Las angustias de sus letras me habrían parecido infantiles porque tenía angustias más graves de las que preocuparme, angustias que ningún adolescente tendría que sufrir. Escribo esto llorando, pensando en cómo tuve que hacerme adulta demasiado deprisa, en que nunca tuve espacio para la libertad que Morrisey anhela porque no parecía una opción. Esos cantos me habría parecido tan fantásticos como los de Hammerfall, pero sin la épica entusiasta que levanta el espíritu a golpes de doble bombo. See, I´ve already waited too long / and all my hope is gone. He llegado demasiado tarde y demasiado triste a los Smiths, quiero mirar en la distancia a ese adolescente que canta y dejar que la vida le toque cuando llegue el momento. Quiero abrazar a mi yo adolescente y darle permiso para que deje de ser responsable, para que deje de estar alerta, para que se preocupe por tonterías y que luego en el futuro pueda mirarla y verla alegre, despreocupada y bella. No conservo fotos de la adolescencia porque en todas me veo infinitamente triste. No triste como los fuegos artificiales que estallan y se esfuman y dejan paso a otros nuevos, sino triste como las losas de granito que pavimentan las plazas duras modernas, tan pesadas que ni las malas hierbas pueden crecer en sus juntas. Triste como alguien que no entiende lo que es no estar triste. Triste como alguien que se hizo viejo esperando.  

Esa tristeza sigue formando parte de mí, pero he ido construyendo mucho más a su alrededor para que, proporcionalmente, no ocupe tanto de mi vida. No he podido reducirla mucho, aunque sí he ido expandiendo los límites de otras emociones para que la tristeza no lo impregne todo. Pero sigue ahí, formando parte del paisaje, inevitable y quieta, antigua como una montaña. A veces, en el coche, cuando mi novia conduce y suenan los Smiths, fantaseo con habernos tenido durante la adolescencia, con habernos podido rescatar la una a la otra. Con que conducíamos juntas a cualquier parte que estuviera lejos, donde no pudieran tocarnos, donde pudiéramos ser jóvenes y estar vivas. Acaricio su mano y pienso que no podría ser tan feliz como soy en ese momento, siendo adolescentes, un instante antes de que saltemos por el precipicio. 

https://www.youtube.com/watch?v=3r-qDvD3F3c

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