Avisos:
En esta carta voy a hablar de cuerpos tradicionalmente asignados como femeninos, haré alusiones al deseo, al sexo, y haré generalizaciones cis, heteros, binarias y sexocentristas, por no acabar con un ensayo de diez mil palabras y porque no tengo la capacidad de enfocar esto desde todas las perspectivas. Perdonadme las limitaciones.


Una de mis concesiones a la frivolidad favoritas es comprar lencería. Tengo más lencería que oportunidades de lucirla, mucha de ella sólo me la he probado una vez y no ha vuelto a salir del cajón y esta temporada, ya muy larga, de dismorfia no me permite asomarme a ella con el ánimo solemne y divertido que me gusta. Probablemente mucha de ella me quede pequeña ya, pero ya he llorado suficiente por el cuerpo que ya no tengo y no quiero despedirme de prendas de las que aún no he sacado toda la felicidad posible. Los objetos no tienen paciencia que perder y pueden esperar eternamente a que estemos listas para volver a ellos.

Mi relación con la lencería es muy complicada. En un mundo dominado por la mirada masculina, el primer instinto es asumir que la lencería existe por y para el disfrute de los hombres heteros. Pero una de las cosas que más me fascina de la heterosexualidad es la distancia tan inmensa que hay entre el arquetipo Hombre y el comportamiento, individual pero generalizado, de los hombres heteros que conozco, al menos en el plano erótico. Una de mis primeras disonsancias fue descubrir que a los hombres, en general, les da igual la lencería. Recuerdo con ternura por mi propia ingenuidad la primera vez que me presenté delante del novio que tenía entonces, con un conjunto de bragas y sujetador de encaje que había comprado en un bazar cercano, después de un elaborado plan de ahorro, elección del establecimiento (para no encontrarme con nadie con unas bragas injustificables en la mano), escondite en mi cuarto y selección de ropa para salir de casa que no revelara las nuevas turgencias. Me tomé todas esas molestias pensando que lo hacía por mi novio de entonces, un chico estupendo con el que tenía un sexo delicioso y con el que hice las primeras incursiones al extrarradio de la normatividad. Por supuesto, él no podía saber que yo lo que esperaba era que me viera como la criatura más bella que jamás ha pisado la Tierra, que era como yo me sentía, así que su reacción de exclamar “oh, qué bonito” y quitármela rápidamente no cumplió mis expectativas. No me la volví a poner y la tiré al poco tiempo.

Este es un patrón que me ha perseguido desde entonces; me pongo una lencería que me hace verme como Afrodita descendida de los cielos, pero mis parejas no lo ven. Los “oh, qué bonito” no eran suficientes, así que imaginad los “bueno, es que a mí la lenceria me da un poco igual” o los “qué más da si te la voy a quitar”. Como no soy una tía del todo tonta, hice repaso y vi que el factor común de mis novios no apreciando la lencería que yo llevaba era yo, así que igual tenía que asumir que no era Afrodita desdendida sino una chica normal tirando a carnosa, aunque con buen culo. Empecé a sentirme más cómoda desnuda que con prendas con la intención de provocar una reacción en la otra persona, porque esa reacción siempre me iba a saber a poco. La desnudez no tiene expectativas.

Aún así, cuando podía, compraba lencería. Nada exagerado, alguna prenda aquí y allá a final de rebajas, con estilismos lo suficientemente prudentes para contarme a mí misma que me lo podía poner de diario, aunque la casualidad era que esos días de diario era los que veía al novio del momento. Había algo en la posibilidad de la validación por su parte que no me permitía dejar de hacerlo, pero me convencía a mí misma de que si reducía mis expectativas al mínimo, cualquier reacción positiva sería buena. Era mentira, claro, las migajas de dopamina estaban mojadas de agua sucia de la decepción secreta, soy incorregible.

Con el tiempo y las amigas me di cuenta de que esto es la experiencia generalizada entre las mujeres que se relacionan con hombres de mi entorno. ¿Qué clase de engaño es este? ¿no se supone que la lencería es para ellos? ¿por qué el manual de instrucciones cishetero no funciona? ¿cómo era posible que este grupo de tías espectaculares estemos con el armario lleno de lencería y ni un solo señor capaz de apreciarla como es debido? La sensación generalizada es que estábamos haciendo algo mal (porque siempre nos responsabilizamos a nosotras mismas primero), pero ninguna sabía decir qué era.

Seguro que ya habéis caído en cuál es la clave de esto, pero a mí me costó al menos una década, muchos llantos, algunas discusiones y muchas horas de autoexploración darme cuenta del fallo. No eres tú, soy yo. La lencería no es para ellos, es para nosotras. La lencería es para las mujeres lo que el culturismo es para los hombres: te crees que lo estás haciendo para atraer al otro género pero en realidad lo haces por verte al espejo y fliparte tú y compartirlo con tu grupo de flipadas de lo mismo. Los desfiles de Victoria’s Secret son el equivalente a Mr Olimpia: tu primer pensamiento es que el público principal serían hombres heteros esperando ver semidesnuda a Adriana Lima, pero en realidad lo que hay es un millón de señoras detrás de la pantalla disfrutando vicariamente de ser admiradas como reinas del carnaval de Barbados. Lo mismo pasa con Mr Olimpia; el público no está lleno de mujeres mojando bragas por ver a los tíos más proporcionalmente mazados del mundo en tanga, sino que son hombres que aspiran a ser coronados por otros hombres. Ni a las mujeres nos vuelven locas los culturistas ni los hombres pierden el sentido por la lencería. Lo estamos entendiendo todo al revés.

De este guindo me caí, como he dicho, explorando. Cuando empecé a vivir sola me compré un móvil con una cámara decentita (¡y manual!) y fue cuando pude empezar a hacerme fotos más en serio. El instinto de la fotografía estaba ahí, pero el potencial de ser quien yo eligiera delante del objetivo aún era nuevo para mí y por fin tenía el espacio para abrirlo: un móvil, un trípode y disparador de aliexpress, bombillas del bazar de abajo y papel celofán. En mi caso, si se juntan la curiosidad y la intimidad es muy díficil que no salga la sexualidad, así que las fotos sugerentes eran un paso natural. Y salió la lencería del encierro, por fin. En un espacio en el que no había otra mirada que la mía me pude permitir ser la diosa encarnada que nadie más veía, pero que solo necesitaba ver yo. No había ni mirada masculina, ni celulitis, ni pecho pequeño, ni redondeces sobrantes ni pliegues de más, sólo estaba yo y un espejo viéndome como la mujer más sexy que ha pisado la faz de la tierra. Aquellas tardes eran tan bellas que no era raro el día que acababa por masturbarme, con la luz de colores, en lencería, delante del espejo, sintiéndome en paz con mi cuerpo, deseable, deseante, insoportablemente hermosa, y sin dedicarle ni un milímetro de espacio mental a la opinión de nadie más. Tal vez, en esas tardes, sí encarnaba a una diosa. Si el mundo no era capaz de verlo, peor para él.

Hay un abismo insalvable entre la teoría y la práctica de la heterosexualidad, y las disidencias podemos escapar de la práctica, pero no de la teoría. La construcción de Mujer como objeto deseable está hilada de tal manera que te sientas representada en la lejanía, pero no seas capaz de atrapar nada con las manos. Mujer, como arquetipo, es deseable, pero tú como mujer individual (casi nunca) lo eres, y en esa disociación es donde caen todos nuestros esfuerzos de encontrar la belleza que nos sirva a nosotras. Estamos buscando la validación donde no la hay, pidiéndosela a gente que no entiende qué y cómo lo necesitamos. Mucha veces porque nosotras mismas no sabemos qué y cómo la necesitamos, porque nunca nos lo han preguntado. Bebemos agua del mar para calmar la sed, porque nos han dicho que la sed se apaga con agua, y tenemos el mar a mano.

No me gusta el tener que recurrir a la autogestión individual para atacar problemas sociales, pero a veces no queda más remedio si queremos sobrevivir. Si el problema es precisamente la homogeneización del deseo, el alivio que me ha servido es estar a solas, yo como individuo único y mi deseo siendo tan único como yo. No podemos compartir de forma honesta nuestro deseo con nadie si no sabemos en qué consiste, y un paso atrás, si no nos entendemos a nosotras mismas como deseantes. El aprender por imitación, de la teoría, de la imaginería popular erótica, de los medios mainstream o alternativos, son un punto de partida, pero a partir de ahí está en nuestras manos. No es justo reprocharle a mi novio de cuando tenía 16 años que no supo ver lo que yo quería a través de esas bragas de encaje negro, porque yo tampoco sabía qué quería, pero hoy sí lo sé, y soy capaz de pedirlo, enseñarlo, aprenderlo y decidir dónde están mis mínimos aceptables.

No podemos desligar el deseo de la reciprocidad pero podemos hacernos menos vulnerables a ella, estando muy seguras de lo tremendamente buenas que estamos. Todas, todos, todes, somos seres potencialmente deseables como individuos aunque la teoría de la heterosexualidad nos asigne otra cosa, porque en nosotras está el escapar en la práctica. Os animo a haceros preguntas que no responderíais delante de nadie más, a reconoceros en el espejo, a fantasear con qué ensalza la persona deseable que eres y, si podéis, a probarlo, a solas, en la intimidad. Hay algo mágico en encontrar ese algo y reconocerte en la imagen que hay en el espejo, y tantas opciones como deseos y como personas. En este caso el hilo conductor es la lencería, como ejemplo, porque una es femme, pero soy femme porque me gusta y porque erotizo ser femme. Cuando me explicaron lo que era la autoginefilia no lo entendí como algo malo, sino como una sublimación: verte a ti misma (o mismo, o misme) tan deseable que te excites, ¿no es eso lo que perseguimos?¿alcanzar el Nirvana erótico de la celebración personal?¿ser la reina de nuestro carnaval privado, el Mr Olimpia coronado justo hoy, una combinación de ambas tan perfecta que encienda el deseo, confuso y nuevo, de toda la humanidad?

El caso es que el primer día de rebajas volví a comprar lencería. Ni una sola prenda funcional, el metro cuadrado de tela a precio de oro (rebajado), un manojo de tiras y transparencias y brillos que casi nadie va a ver nunca, que no es especialmente cómodo y que de ninguna manera me hace falta. Me da igual. Lo hago, única y exclusivamente, porque me hace sentir bien a mí. Sigo sin encontrarme bien con mi cuerpo, pero he pospuesto el reencuentro con mi deseo durante demasiado tiempo. El tiempo que pase ignorándome a mí misma no me lo va a devolver la mirada de nadie. Alana, que es la tía más lista que hay, sostiene que el bienestar con una misma empieza de fuera hacia adentro y no al revés. Mi experiencia le ha dado la razón, y prestarme atención en el sentido que a mí me sirve me ha servido para encontrarme mejor. Ahora sólo falta encontrarme deseable de nuevo, pero para eso está, entre otras cosas, la lencería.

Maltita.

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