Llevo mucho tiempo rumiando un despotrique sobre las acusaciones de queerbaiting a Harry Styles, y mira que a mí el muchacho me da igual. Creo que hay tantas cosas mal en ese discurso que necesitaban estar por escrito de forma ordenada si quería dar forma a la contra argumentación sin que se me escaparan detalles. Generalmente acabo por dejarme algún detalle porque si necesito que algo sea perfecto para enviarlo no envío nada, pero este tema es lo suficientemente delicado como para hacer una excepción y tratar de ser meticulosa. Llevo semanas escribiéndola y seguramente me dejaré cosas, pero aquí están mis mejores esfuerzos. El discurso de “Harry Styles hace queerbating” es un ejemplo de lo que yo llamo “efecto Ben Saphiro”: decir una estupidez tan grande que necesitaría varias horas para explicar por qué está mal a tantos niveles, pero para entonces Ben Saphiro ya se ha dado por vencedor del “debate”. Como esta es mi carta y aquí no hay debate, estas son mis horas de explicar todos los niveles a los que esto está mal.

Primero, y esto ya lo ha dicho mucha gente más lista que yo antes, el queerbaiting no funciona así. El queerbaiting es una estrategia de márketing que hace una compañía para vender un determinado producto a la gente queer sin implicarse demasiado. La compañia no tiene foco en la gente queer en general, sino en vender un determinado producto.  

La gente no puede hacer queerbaiting porque la existencia de nadie, de forma global, no es una estrategia de marketing. Hay acciones particulares que pueden ser sospechosas de ser una estrategia (Madonna morreándose con Britney y Christina, cuando, hasta donde sabemos, Britney y Christina son heteros) pero aquí pasan dos cosas: uno, no sabes si las personas implicadas son queer (o, mejor dicho, LGTBI+) y lo que está pasando es una expresión inicial de eso mismo en público, y segundo, ¿cuando ha beneficiado a una persona famosa ser queer? ¿no os acordáis de la reacción espantosa que hubo en 2003 a raíz de eso? Pues dadle a google.(Como nota a esto, se ha acusado a Madonna de queerbaiting a raíz de ese beso cuando Madonna es bisexual y ha salido con varias mujeres, incluyendo la actriz Sandra Bernhard, que tuvieron que romper y cayó en desgracia en cuanto lo de “grandes amigas” dejó de colar. Jenny Shimizu afirma que estuvieron saliendo en el 96 sin que nadie la desmienta. El morreo loco que se pegó con la rapera Tokischa en escenario y las fotos que subió a instagram con ella, pero que ha acabado por borrar. Educate yourselves).

De hecho, voy a decir algo que por favor no me saquéis de contexto. El queerbaiting (aunque no me guste llamarlo “queer”, porque creo que ser queer es una cosa muy intencional) no me parece una estrategia de marketing tan terrible si la comparamos contras muchas. Dentro de que yo dinamitaría la industria de la publicidad y el concepto de marketing, hay estrategias mucho más nocivas que el sugerir que los dos protagonistas de una serie se van a besar para convencerte de que la veas. Primero, porque sé lo que es la sed de referentes cuando tienes cero referentes, y hacer un contenido lo suficientemente palabtable para el público general pero que incluya toquecitos LGTBI+ va a ser consuelo para mucha gente ídem ahí fuera. Segundo, porque normaliza, por poco y normativo que sea, a ciertas personas comportándose de cierta manera en pantalla para gente que de otra manera no lo vería. Y tercero, seguro que le toca las narices a algún WASP, así que se joda.

No voy a entrar en el debate sobre si Harry Styles es LGBTI+ o no porque no es asunto nuestro, pero sí que esa recriminación por no serlo (en teoría) pero no vestir de forma normativa se opone a lo que yo entiendo por una cultura queer. Si tener una expresión estética distinta (opuesta) a la asociada a un género (de los binarios, claro) es queer, ¿la gente que no contradice esa asignación no lo es? ¿cuánta gente LGBTI+ con aspecto estéticamente normativo se queda fuera entonces? ¿la ropa no tiene género, pero sí tiene orientación sexual? ¿no queremos, precisamente, desmontar la norma, dejar de ser la otredad, celebrar lo queer sin necesidad de sufrir la violencia? ¿acaso sólo los hombres LGBTI+ pueden renunciar a la masculinidad aceptada? ¿a quién beneficia este gatekeeping? ¿no queremos emanciparnos de esa mierda de una vez? Esta idea está muy cerca de darle la razón al discurso de que todo lo que no sea vestir aburrido es de maricones, no de “hombres de verdad”. ¿No es ese acaso el objetivo, que desaparezca el concepto de “hombre de verdad” de una vez por todas y deje de usarse para asfixiar cualquier salida del minúsculo tiesto de lo masculino? ¿a quién beneficia esta exigencia de o salir del armario o volver a la norma? Las mujeres no nos deben feminidad, las personas no binarias no nos deben androginia, los hombres no nos deben masculinidad, los heteros tampoco.

Y digo más: ¿por qué no acusamos de queerbaiting a Charlize Theron con su pelo corto y sus trajes aunque ha dejado claro en muchas ocasiones que es hetero?¿incluso aunque esa estética sí la adopta por temporadas y, bastante a menudo, en sesiones de fotos que son thirst traps para sáficas? En mi opinión, eso sí es queerbaiting, porque adopta determinados códigos visuales que en su vida pública no utiliza, con el objetivo de que las sáficas compartamos histéricamente esa sesión de fotos suspirando porque nos pise la cara. Luego esa señora vuelve a su casa tan tranquila bajo la seguridad de su heteronormatividad y la revista cobra el cheque de beneficios por publicidad que le hemos dado. Y no quiero que señalemos a Charlize Theron como responsable, sino a la revista en particular que no da el mismo espacio y dinero a las butches a las que le copiaron la estética. La diferencia es que desear la masculinidad está normalizado, pero desear una feminidad no normativa es inaceptable y por fuerza debe haber una estrategia detrás.

Lo que jode de Harry Styles es que flamboyante, ambiguo, divertido. Me molesta tener que asociar el vestir trajes extravagantes a la feminidad porque creo que es otra forma de vestir masculino distinta a la clásica, pero seguiré usando “feminidad” por entendernos mejor, porque me faltan palabras, y porque creo que lo que sufre es una mezcla de plumofobia y femmefobia mal enfocada. Se mueve en el estrechísimo margen de “feminidad” aceptable por los medios; no muy sexualizada, blanca, delgada, joven, adinerada. Que esta feminidad sea preformada sea un hombre cis (en apariencia) es un inconveniente que los poderes sociales toleran porque parece que gusta a chicas jóvenes que dan dinero, pero ese estatus es frágil y se romperá al primer tropiezo o cuando esos medios decidan que la broma ya ha sido suficiente. El estilismo de Harry se considera una excentricidad consentida a un niño rico, pero siempre y cuando no intente hacer música “seria” o seguir luciéndolo pasada cierta edad. Si obligaron a Boy George a rebajar el tono en los 90, lo pueden hacer con cualquiera, y las menciones a llamarlo “icono de la moda” no van a protegerle cuando al evangelista ultraconservador de turno se le hinchen las narices. Las acusaciones de que esta estética es una pose para hacer dinero me dan la risa, porque cualquier persona entregada a la feminidad aprende pronto a moderarla coercitivamente porque las consecuencias de no hacerlo son el ostracismo. Otros artistas como Prince, que era mucho más sugerentes y además negro, sólo se mantuvo de pie porque era un absoluto genio  musical, pero si su estética hubiera sido otra, el reconocimiento habría sido (y pongo dinero en esto) equiparable al de Michael Jackson.

Sólo porque un discurso diga que es anti-una opresión no signififca que esté luchando contra esa opresión. Si el discurso, propio o ajeno, no menciona al enemigo concreto contra el que se quiere enfrentar, corremos el riesgo de que pasen dos cosas: por un lado, que se esté omitiendo interesadamente (y resulta que hemos comprado el discurso de un tipo que luego dice que el enemigo son los Sabios de Sión) o que olvidemos quién es el verdadero enemigo y la paguemos con quien tenemos más a mano. Estamos proyectando nuestras frustraciones anticapitalistas y antiopresivas con un muchacho que salió de una aldea del norte de Inglaterra gracias a The X Factor y que viste lentejuelas. Que no le dieran el Grammy a mejor álbum a Beyoncé no es culpa de Harry Styles (y cuando dijo aquello de «esto no le pasa mucho a gente como yo» era verdad, aunque no fuera la mejor forma de formularlo), y si queremos culpar a alguien de esta injusticia (aunque tiene 36 grammys, yo qué sé) que sea a la misoginia y racismo de la American Music Award. Que él fuera el primer hombre portada de la Vogue no significa que no haya existido hombres merecedores de ello antes, sino que se han alineado una series de factores entre los cuales la palatabilidad (temporal y condicionada) de Harry Styles es uno de ellos. Entiendo muy bien el deseo de querer que reconozcan su valía a los artistas que nos inspiran, pero no podemos olvidar que las cartas están trucadas desde el principio y en muy raras ocasiones se le va a permitir una mano buena a alguien que se salga de la norma. Eso no es culpa de quien sí sale en la portada de la Vogue o se lleva los premios, sino de quien toma esas decisiones. Y no creo que sea tan fácil decir “pues rechaza la portada” cuando las obligaciones contractuales draconianas de las productoras musicales están detrás. Vivimos en una época tan perversa que ni siquiera toda la gente rica es completamente libre. 

Las ideas, especialmente las nuevas, casi nunca son binarias. Lo queer no tiene una definición precisa, porque no deja de ser una acumulación de experiencias aproximadamente comunes de la gente que escapa de la norma. No creo, personalmente, que sea un término aplicable solo a la gente LGBTI+ ni que ser LGBTI+ te convierta  automáticamente en queer, porque para mí tiene un componente de resistencia a la asimilación que bastante gente pueden permitirse no ejercer. Soy consciente de que mi definición es muy abierta y puede incluir a gente cis hetero, pero igual que no quiero que me metan en el mismo saco que Kike Sarasola, no voy a meter en el mismo saco a Andrew Tate y a Frances Ryan. La gente cis y hetero no es necesariamente el enemigo, el enemigo es La CisHeterosexualidad como institución y quienes la imponen. La gente que es cis y hetero pero desafía esas normas siendo abierta y estridentemente gorda, disca, racializada, asexual, no monógama, neurodivergente, mujeres heteros butches, hombres heteros con pluma, la gente que traiciona la institución heterosexual, está más cerca de mi que cualquiera que considere que ser gay, bi, lesbiana o trans es un bonito atrezzo o un ligero inconveniente en su existencia por lo demás ordenada y pulcra. Tal vez ese paraguas de resistencia se puede llamar Lo Queer, tal vez sea mejor otra forma de llamarlo. Este paraguas me sirve para dejar de darle espacio a esta forma de heteropesimismo en la que las personas queers nos hemos metido, en el que nos comportamos como si no hubiera esperanza para ninguna persona cishetero. Entiendo (y he sufrido) el cansancio y el hartazgo, entiendo el armario, el sufrimiento, lo entiendo todo, de verdad, pero castigar los pasos de personas cisheteros hacia fuera de su propia norma no va a devolvernos las adolescencias felices con las que soñamos. Igual que no es la responsabilidad de las personas racializadas acabar con el racismo, no es trabajo de la gente queer acabar con la opresión cishetero, pero tampoco nos hace ningún favor atacarlas sin motivo. Y ojo, no estoy diciendo que cualquier “deconstruido” con las uñas pintadas de negro deba ser aplaudido por no ser un nazi, o que haya que confiar automáticamente en que esos gestos sean bienintencionados, pero sí creo que debemos dejar que sus pequeñas (o grandes) resistencias a la norma crezcan y se multipliquen. 

Harry Styles me cayó bien el dia que leí un articulo (que ahora no puedo encontrar pero aquí hay otro) en el que las modelos del videoclip de Watermelon Sugar hablaban de lo extremadamente respetuoso que fue mientras grababan, un video «dedicado a tocar». Sin seguirle la pista, sé que es abiertamente vegetariano (o al menos no come carne), ha puesto dinero en varias campañas LGTBI+ y acompaña a fans que salen del armario en el escenario, campañas pro justicia reproductiva, pagó fianzas a activistas detenides durante las protestas de Black Lives Matter y sé que casi siempre viste ropa diseñada por artistas independientes. Esto que yo sepa siguiendo a varias fans en redes, pero seguro que me dejo cosas. No sé, no creo que sea para darle el premio Nobel de la paz, pero sí para entender que está haciendo lo que hay que hacer; usar su dinero e influencia para posicionarse políticamente en no ser un gilipollas. No está siendo un “icono LGTBI+” por ser LGTBI+, sino porque está indicando el camino a seguir a otros tíos cis heteros blancos que no quieren seguir formando parte de la norma que nos destroza la vida. Y tal vez, mientras tanto, hay un crío maricón que va feliz con ropa rosa al colegio, “igual que Harry Styles”.

Y además, Watermelon Sugar va de comerse un coño como un San Bernardo bebiendo agua. Facts.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *