Aviso de contenido: hablo de úteros, menstruación, dolor, y medicalización hormonal de mujeres cis y trans.


Hoy es uno de esos días en los que el mandato corporal exige que no haga nada más que estar tapada, encogida, dolorida y algo triste. Mis dos días de menstruar fuerte se sienten como si me hubieran rellenado las extremidades de plomo y los esfuerzos más suaves pesan como si fuera así. Me falta el aire, porque tengo la tensión por los suelos y mi corazón no alcanza a la demanda del Dios Útero y además a suplir al resto de mi cuerpo. Me duele el vientre, el pecho y las articulaciones grandes (caderas, rodillas, hombros), tengo las lumbares en tensión, tengo el vientre hinchado como un globo de carne, la amenaza de migraña se cierne. Todo suena dramático pero hasta no hace mucho era bastante peor. Durante una semana la ansiedad tomaba control de mis mandos físicos y mentales como un muñequito de Inside Out y mi vida se limitaba a tener hambre, estar cansada y que todo en el mundo me pareciera mal. Y todo esto sigue siendo mejor de lo que era en mi adolescencia. Vómitos, fiebre, dolores que me hacían tomar analgesia cada cuatro horas para poder levantarme, y unos sangrados que me parecía increíble que pudiera seguir viva después. Dolores y sangrados también cuando tocaba ovular. Mis menstruaciones siempre han sido difíciles, pero en estos dos días malos que tengo que tener bien definidos en el calendario para no hacer planes me tengo que recordar a mí misma de dónde vengo, y reconocerme la mejora. El “podría ser peor” es un consuelo lamentable, pero es mejor que ningún consuelo.

Hace ¿meses? subí a instagram una foto que había hecho hace mucho, pocos días después de la regla, en la que sostenía un corazón (de cerdo), un cuchillo, y fingía un corte horizontal en mi vientre con sangre falsa. Miraba desafiante al objetivo, desnuda, con los pezones debidamente censurados. Por supuesto, había demasiado elementos para la pulcritud de Zuckerberg y la foto duró unos veinte minutos viva, y por supuesto el texto que la acompañaba se perdió porque no hice copia en ninguna parte, pero la idea sigue viva, hoy más que cualquier otro día del ciclo: ojalá no tener útero. 

Sé que esta frase puede provocar malestares: gente que desearía tener útero, gente que desearía no tenerlo por motivos distintos y que este motivo en particular le parezca frívolo, gente que lo ha tenido pero ya no y eso le provoca sufrimiento, y también le parezco frívola. Sin quitar una pizca de razón y compasión por las situaciones anteriores, eso no me va a hacer cambiar de idea: odio tener útero, siempre lo he odiado, sólo me ha traído sufrimiento físico en forma de menstruaciones espantosas, y mental en forma de disforia. Cuando se acerca la menstruación, soy tan consciente de que está ahí que me siento como un útero con patas, como si ocupara todo mi cuerpo hasta la garganta y no me dejara respirar, como si un parásito viviera alojado en mi vientre y se despertara una vez al mes para alimentarse de mi energía, mi sangre y mis ganas de vivir. Me siento como si todo mi propósito en la vida fuera alimentar a ese parásito y que todo lo que ocurre entre menstruación y menstruación es una tregua, una concesión, que tan pronto se canse puede quitármela y volveré a estar diez o doce días al mes a su antojo. Pero la amenaza no acaba ahí, oh, no, la amenaza del útero es permanente, el riesgo de embarazo no descansa. Da igual que cuando he tenido relaciones sexuales con hombres cis haya usado siempre protección, en ocasiones doble; da igual que viva en un país en el que el acceso a contracepción de emergencia está aceptablemente extendido y que el derecho al aborto es un derecho, aunque sea aplicado de manera irregular: la amenaza siempre está ahí. Es la peor de mis pesadillas. La idea de gestar me provoca tal rechazo que sólo escribir estas líneas me está dando sensibilidad dental. Esto puede volver a entrar en conflicto con los deseos de las personas incomodadas anteriormente, pero me da igual: tan legítimo es el deseo apremiante por gestar como el rechazo visceral ante esa idea. La amenaza constante que vive en mis tripas es tan amenazante como el eco.

Cuando hablamos de autonomía corporal, el discurso generalizado siempre se queda corto. Lo que automáticamente viene a la mente es el derecho al aborto, que siendo un derecho fundamental atacado constantemente, es normal que esté en primera línea discursiva. Pero eso no nos puede distraer de lo que hay más allá, la autonomía corporal, la justicia reproductiva, no acaba ahí: las esterilizaciones forzosas siguen existiendo legalmente, la falta de cuidados adecuados pre y post parto es apremiante, etc. No me quiero centrar eso, quiero centrarme en lo que me atañe a mí hoy; el derecho a no sufrir dolor.

En toda mi vida de dolor menstrual, sólo una persona me ha preguntado por qué me duele tanto la regla: una mujer trans, farmacéutica, de la que aprendí que el pitorreo con las hormonas femeninas no entiende de ser cis o trans: nadie al mando tiene ni idea ni le importa una mierda lo que nos pase. Por supuesto, no supe qué responderle; a nadie le había importado la causa de mi dolor, sólo se habían molestado en prescribir remedios generalistas y calor local. Ni una analítica hormonal, ni una ecografía vaginal, nada. Sólo medicamentos diseñados como anticonceptivos que con un poco de suerte (la tuve) corregirán un desequilibrio hormonal que intuimos que está ahí pero que nadie sabe cómo y por qué. Creo que pocas veces he sentido más visceralmente la hermandad con las personas transfemeninas que pasan por una transición médica: no somos consideradas sujetos médicos válidos hasta el punto de que no existe medicación adecuada a nuestras necesidades. Para las mujeres trans se recetan medicamentos indicados para mujeres cis con menopausia temprana. Para las mujeres cis con problemas de dolor menstrual se usan anticonceptivos orales. Incluso dentro de estos (ambos casos) hay opciones mejores de las que nos ofrecen (estrógeno y progesterona inyectable, implantes de liberación prolongada, un triste análisis de sangre para ver qué desequilibrio puede haber), pero son inaccesibles por medios públicos (o legales). Las faltas de stock o retiradas sin aviso ocurren sin que nadie levante una ceja. Les da igual. Existen intervenciones sencillas que podrían aliviarnos mucho malestar: una orquiectomía para poder eliminar la necesidad de los extremadamente tóxicos antiandrógenos y que las hormonas hicieran mejor su trabajo, una histerectomía o una ablación endometrial para dejar de destrozarnos el hígado a base de analgésicos y antiinflamatorios que sólo atenúan el dolor, a veces insoportable, durante cuarenta o cincuenta años de vida. Pero la autonomía corporal acaba cuando la fertilidad de una mujer cis blanca joven y “sana” está en juego, o cuando la medicalización psiquiátrica no comprende que no todas las mujeres quieren tener un chocho. Bueno, cuando la medicalización psiquiátrica está presente, sin más. Nadie entiende la falta de autonomía corporal mejor que la gente psiquiatrizada.

Leer a Sophie Lewis me ha enseñado muchas cosas sobre gestación, tecnología, autonomía corporal y comunismo, pero sobre todo me ha enseñado a pensar en utopía, a no conformarme con soluciones aceptables sino a soñar todo lo lejos que pueda llegar. Donde antes soñaba con un anticonceptivo que me solucionara el dolor de verdad y no tuviera esos terribles efectos secundarios, ahora sueño con no tener útero y  en su lugar unos implantes que liberen las hormonas que necesito y que me permitan regularla en función de cómo me encuentro.  Sueño con que la histerectomías se entiendan como parte de la autonomía corporal, y se hagan sin tener que demostrar sufrimiento, a voluntad, sin pedir explicaciones. Sueño con úteros transplantables para quien los quiera, cuando los quiera, y hasta que los quiera. Sueño con que tener útero no me defina como mujer, y que mi autonomía no acabe donde empieza mi fertilidad a largo plazo. Sueño con una autonomía del paciente real, donde los médicos acompañan y asesoran, con todos los medios farmacológicos y tecnológicos a disposición de nuestro bienestar. Sueño con una utopía hormonal en la que no dependemos de lo que los azares de la biología nos otorga, de hecho, sueño que sea tan irrelevante que pensar en “lo natural” y “lo artificial” deje de tener sentido. 

Sueño con poder elegir yo mis días de descanso, y no sea por mandato del Dios Útero, pero de momento me voy a tener que conformar con pasar el domingo con naproxeno, chocolate y un gato encima. Os dejo pensando en la forma que tiene vuestra utopía hormonal. Soñad a lo grande.

Malti

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