Todos los primeros de mayo me pasa lo mismo: toda esta rabia de clase se queda sola en casa. A veces porque he tenido que trabajar (los últimos años), otras, como esta, por pura desafección y falta de ganas de ir sola a las manifestaciones. No es algo que me importe habitualmente, pero en este caso sí me importa ir sola. Al final me quedo en casa, leyendo alguna cosa que alimente, radicalice y enseñe a organizar todo este odio por los ricos y limitando el trabajo, incluso el doméstico, al mínimo. Al final, la gran misión sindical es ganar el derecho al descanso.

Justo comentaba en Mastodon (dejad tuiter! venid a mastodon! os vais a enfadar muchísimo menos!) el desacople entre los sindicatos veteranos y la población trabajadora que actualmente tiene conciencia de clase. Soy consciente de que la principal causa de eso es la persecución política de los últimos cien años, y que generaciones enteras de abuelos de la posguerra susurrando a padres que no se metan en política por miedo a las represalias han conseguido una generación de nietos que solo han visto banderas de la CNT en blanco y negro. No voy a hacer aquí un análisis de cómo el sindicalismo se ha ido a la mierda porque hay gente mucho más estudiosa que yo que ha escrito mucho al respecto, pero sí quiero hablar de cómo percibo yo, hoy, ahora, esa distancia.

Las ganas de escribir esta carta han surgido de dos piezas de información consecutivas: primero, este comunicado del PCTE (otra escisión del partido comunista) posicionándose en contra de la ley trans de la manera más vergonzosa que os podáis imaginar y este otro de la CNT Barcelona en el que acuerdan que “la prostitución no puede considerarse un trabajo” y por lo tanto no se pueden conseguir mejoras.

Tampoco es este el sitio para discutir sobre las realidades materiales de ambos grupos de población, porque voy a partir de la base de que aquí todo el mundo tiene claro que el trabajo sexual es trabajo y los derechos trans son derechos humanos. Si tenéis curiosidad y queréis leer más, os dejo dos referencias excelentes: Putas Insolentes de Juno Mac y Molly Smith, y (en inglés y un poco más árido) Transgender Marxism editado por Jules Joanne Gleeson y Elle O’Rourke. Si queréis debatir, buscaos otra interlocutora.

El caso es que el desencanto con los sindicatos mayoritarios es real y justificado (porque UGT y CCOO en general dan mucha vergüenza), pero los de clase, anarquistas, minoritarios y de los que sí esperas un comportamiento decente parecen que están a otra cosa. El imaginario del obrero industrial, blanco, masculino y organizado es inspirador, pero no pueden pretender que siga siendo el ideal en el que una millenial bisexual femme marxista que trabaja desde casa con uñas acrílicas en un curro que hace veinte años no existía se vea reflejada y la apele. Nada de esto quita que no sepa que no soy más que una obrera altamente especializada y que, si gano por encima de la media, es por una mezcla de hype de los datos y escasez de mano de obra. Tal cual vino se puede ir. Mi situación a largo plazo también es precaria, aunque mucho menos que la de la mayoría. 

Como yo, la mayor parte de la fuerza de trabajo actual la componen millenials, en el sector servicios o que hace cincuenta años no existían, y que es consciente de que su posición material en el mundo abarca más allá que ser obrera, y la falta de perspectiva interseccional en la práctica del sindicalismo provoca, en el mejor de los casos, desencanto, y en el peor, pavor. En este momento de contaminación del discurso de izquierdas por el pensamiento facha en el que la interseccionalidad se toma como un ataque a la conciencia de clase y no como distintas perspectivas de una misma realidad, no sabes quién te va a atender en caso de que necesites ayuda porque te han despedido por maricón. No posicionarse abiertamente en estas cuestiones es dejar sombras de duda que mucha gente no puede permitirse tener, porque la vida le va en ello.

Creo que la realidad laboral ha cambiado mucho más deprisa de lo que estos sindicatos han tenido tiempo de adaptarse. Por ejemplo, para afiliarte a la CGT o la CNT (que por supuesto están peleadísimos entre ellos) tienes que ir físicamente a una sede sindical, así que si vives lejos de una o en horarios no compatibles (como por ejemplo hostelería) la cosa se complica mucho. La falta de representación sindical de la CNT en las empresas lo eleva moralmente por encima de otros, pero dificulta el contacto continuado necesario que hace falta para que la idea cale. El desprecio por aproximaciones políticas socialdemócratas pero que tal vez pongan a la gente en el camino de la radicalización de izquierdas, y con especial inquina en figuras políticas femeninas como Ada Colau, Mónica Oltra, Irene Montero o Yolanda Díaz; como si el trabajo que estas mujeres hacen en sus puestos fueran diametralmente incompatibles con la persecución del ideal de la abolición del trabajo y del estado. Como si esos parches al capitalismo no fueran balones de oxígeno para mucha gente. Como si no se pudieran celebrar los pequeños logros si han sido conseguidos por la vía burocrática. Como si la precariedad urgente no asfixiara y agotara, y aliviarla no dejara un poco de energía que sí se podría dedicar a la organización sindical. Como si el cinismo se tuviera que instalar en tu corazón para hacer bien el sindicalismo. 

No os engañéis con esto, no os quiero desalentar: el sindicalismo hoy es más necesario que nunca. Con los grandes medios lanzando discurso desclasado todo el santo día y cualquiera con acceso a una hipoteca a treinta años y un coche a plazos se cree clase media, tener conciencia de clase es un logro del que tenemos que estar orgullosas. Lo que quiero decir con esto es que esa conciencia, esa rabia de clase, podemos volcarla en algo, y que los sindicatos deben entender que, aunque las necesidades de pan y techo son las mismas para todo el mundo, no todas las personas sufren la precariedad de la misma manera. A cada cual según sus necesidades, y eso pasa por entender que necesitamos un espacio en el que sentirnos seguras y en el que, sin perder el foco sindical, sintamos que las intersecciones que componen nuestra realidad material no se vayan a ver denostadas.

También es responsabilidad nuestra hacer lo que esté en nuestra mano; por muy buenas condiciones que tengas en tu trabajo, no olvides que están ahí porque al CEO de turno le sale más rentable que no dártelas. Si en algún momento esa situación cambia, dejarás de ser un pobre harto de comer para ser un pobre a secas. Especialmente el sector tecnológico, en el que trabajo, está plagado de estómagos agradecidos que se creen que por currar con aire acondicionado y cobrar por encima del salario mínimo no están a una mala racha de acabar desahuciados. De cada cual según su capacidad: si lo que tienes es tiempo, dedícalo. Si lo que tienes es dinero, dónalo o afíliate (que además es gasto desgravable, oiga). Si no tienes ninguna de las dos cosas, difunde, habla de ello, radicaliza a tus amigas, anima a la protesta, señala los abusos, porque hemos perdido la capacidad de reconocerlos. Hay muchísimo trabajo por hacer y cantidad de sindicatos que se van formando para responder a necesidades de grupos particulares. Entiendo la parálisis por análisis y la fragmentación de grupos sindicales no ayuda, pero creo que estamos en un momento en el que las diferencias entre unos y otros son irrelevantes: cualquier grupo que pelee por derechos laborales sin pisotear los derechos humanos de nadie nos sirve. Elige el que te sea más fácil, el que tenga representación en tu empresa, el que notes que te apele, el que tenga la sede más cerca de tu casa, el que hayas leído que ha logrado resolver conflictos sindicales con éxito. No hace falta escoger a la perfección, con ponerte en marcha y afiliarte es suficiente.

Os dejo algunos sindicatos que me parecen buenos sitios en los que poner tiempo, dinero o atención:

Para acabar, esta web (y cuenta de Instagram, Mastodon, TikTok, Twitter y Podcast) sobre historia de la clase obrera, para que recordemos que la historia la hemos hecho nosotros, nosotras, nosotres, y la seguimos haciendo cada día. 

Y un poco de música también.

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