Aviso de contenido: cantidad de discusión sobre cuerpos, cirugías (que salen bien y que salen mal), refuerzo de cánones estéticos de género, y algo de malesar al respecto.

Y también me ha quedado largo de cojones.


Hace dos años me puse tetas.

Llevaba desde que me crecieron las mías (poco y mal) a disgusto con las tetas que el azar biológico me había dado, pero simplemente hacía como si no estuvieran ahí. Usaba sujetadores de relleno, ropa sin escote y cuando me miraba al espejo desnuda simplemente no las veía. Era como vivir con una ilusión óptica pegada al cuerpo, pero había crecido con ella desde que asumí a los 12 años que esas tetas no iban a cambiar nunca más.

Sabía que existían las operaciones de cirugía plástica, claro, pero eso era una cosa que no le pasaba a gente como yo. Y digo «le pasaba», no se hacía, porque siempre se hablaba de ello como una especie de accidente que ocurría atraído por ser rica y ser hortera. Las famosas de la tele se ponían tetas igual que se ponían un vestido feo, como si hubieran tenido un día particularmente malo o un ataque de daltonismo repentino y pasajero. En mi cabeza era algo de ricas y excéntricas y yo no era lo primero, y dios me librara de ser lo segundo.

Mi madre, en toda su buena intención pero cero capacidad de verbalizar su incomodidad de forma sana, me sugirió, en su momento, que preguntara a mi médico de cabecera. La seguridad social cubre (¿cubría?) casos como el mío, con un crecimiento anómalo del pecho, en caso de una afectación psicológica severa. La angustia con la que mi madre me dijo aquello (no recuerdo las palabras exactas) me hizo entender que aquello era una medida de último recurso, una vergüenza en caso de que no hubiera más remedio y la alternativa fuera una vida torturada. Aquello no me torturaba, sólo no me gustaba, pero podía vivir con ello. Nunca pregunté.

El día que fui consciente de que ponerme tetas era una posibilidad estaba probándome diferentes combinaciones de sujetadores deportivos y rellenos de espuma que hicieran parecer que mi pechera no era lisa o, casi peor, bultos de forma rara, en el contexto en el que menos me importa mi apariencia pública del mundo: yendo al gimnasio. Al gimnasio voy con mallas llenas de agujeros y camisetas de publicidad recortadas, ropa que me haga invisible, sea cómoda para entrenar y que pueda lanzar a la lavadora mil veces. Me di cuenta de que no me importaba nada, salvo que debajo de esa camiseta de publicidad de productos para el cuidado de la barba (que a saber de dónde había salido) se intuyera que no había nada más que tripa. Fantaseaba delante del espejo sobre cómo me vería con tetas. Y, qué cojones, por qué no me pongo tetas. Mi trabajo actual había mejorado sustancialmente mis ingresos, pero no había modificado mis hábitos de hormiga (ni los ha hecho aún hoy), así que tenía dinero de sobra ahorrado para pagarme la operación. A la mierda, voy a ponerme tetas.

La elección de cirujano fue mi primer contacto directo con el mundo de la cirugía plástica y, oh boy, qué viajecito.

El primero fue recomendación de una conocida reincidente, con más retoques hechos de los que te cuenta (y te cuenta unos pocos). El señor en cuestión me citó en una consulta de alquiler en un hospital privado en un barrio rico, la sala de espera más muerta que he visto en mi vida después de las de los sitios de reconocimientos médicos para sacarte el carnet de conducir. El hombre, mayor (edad suficiente para haberse jubilado él y su primogénito), serio y con bata, me tomó una serie de medidas, sacó un catálogo, buscó en una tabla y determinó que la talla de tetas que me tenía que poner era GIGANTESCA, y además, utilizando una técnica que yo quería evitar a toda costa porque me gustaría tener tetas pero también me gustaría seguir haciendo press banca. No hubo negociación posible, así que me recomendó a otro compañero suyo.

Busqué en Google al otro compañero suyo y encontré su página web. Es lo más parecido que he vivido a entrar en un sitio de poker online: calculadora de presupuestos en forma de drag and drop, descuentos por cantidad (hasta un 30% si contratas una liposucción de cinco o más áreas en la misma intervención), escudo de cirugía (un seguro propio, y podías elegir la cuantía usando una barra deslizante) y días especiales en los que la intervención salía más barata, supongo que por baja demanda. A pesar de tener la sensación de que estaba pidiendo una pizza y no consultando una cirugía, concerté una cita por teléfono con ese señor, previo haber mandado las fotos requeridas para que las valorara. Su diagnóstico fue el mismo que el del primero, pero su recomendación fue radicalmente distinta (y aproximadamente el doble que la del anterior en pasta). Una, que es empollona, ya se había leído internet entero y había visto que los implantes ultra adherentes existían, que él no era la única persona de España que los ponía y que en realidad no parecían tan buena idea. La sensación de “vendedor de coches de segunda mano” no me la pude quitar de la cabeza, así que decidí seguir buscando.

Buscando en Google una vez más di con una lista de clínicas mejor valoradas en Madrid por mujeres operadas del pecho, así que investigué un poco a la primera y concerté una cita. La clínica (propia) tenía el nombre de la cirujana y estaba en otra zona pijísima de la ciudad, tenía una web sencilla y sin aspavientos y en su currículum aparecía haber trabajado mucho tiempo reconstruyendo pecho a mujeres con masectomía por cáncer de mama. Que no era mi caso, pero oye, si es capaz de reparar eso, lo mío se lo hacía con los ojos vendados. Cuando fui a la consulta, todo era blanco, beige y babylights de las recepcionistas. Algunas orquídeas desperdigadas, hilo musical neutro y temperatura agradable. Una mujer alta, rubia, con la cara estiradísima y calzando tacones me saludó alegremente al pasar y pensé que, si alguna vez iba a darme un pinchacito en la cara, confiaría en ella para hacerlo. La cirujana escuchó todo lo que tuve que decirle, me preguntó un montón de cosas, me probó un sujetador con distintos rellenos y señaló que estaba en una excelente forma física, que era estupendo para la recuperación. Salí de allí con un presupuesto (más bajo que los dos anteriores), una docena de preguntas respondidas y un par de opciones que ella consideraba las más adecuadas para mi caso.

Ni que decir tiene que me operé y que ahora tengo las tetas más bonitas que hay. Si las habéis visto, de nada.

Durante mi recuperación, que requería varios días de reposo absoluto, me vi casi todas las temporadas de un reality llamado Botched, en el que dos cirujanos de Los Ángeles enmiendan los desaguisados de intervenciones anteriores, disuaden a sus pacientes de cirugías extremas o reparan accidentes corporales que otros cirujanos no han podido arreglar. A quien se lo dije alucinaba, “¿no te da cosa ver todo lo que podía salir mal?” y, en parte si, pero también me fascinaba ver qué empujaba a esas personas a hacerse seis rinoplastias, querer unos implantes de pecho de copa QQQ como quiere Lacey Wildd o hacerse una abdominoplastia en un sótano de Tijuana. Ya os he dicho antes que me fascinan las cosas que damos por sentadas, y la construcción de la belleza femenina y su crítica desde el feminismo.

En casi todos los casos, esos pacientes acababan en la consulta de los doctores Dubrow y Nassif por lo que se podría definir sin miedo a equivocarse como Decisiones Cuestionables. Los doctores, de pieles alisadas y dientes alineadísimos, escuchan atentamente qué ha traído a sus pacientes a esa consulta. Lo que más me gustaba era que, incluso ante las decisiones más desquiciadas («mi dentista me dijo que él mismo me haría una rinoplastia y acepté») son capaces de mantener la calma, explicarle a su paciente qué ha salido mal y por qué («un dentista no debería estar haciendo rinoplastias»), y, sobre todo, bajo ningún concepto, juzgar las motivaciones de nadie. Ante casos de obsesiones personales, como el de Justin Jedlica («Human Ken Doll») que había diseñado todas y cada una de las prótesis corporales que lleva para marcar músculos que no tiene, explican por qué no les parece seguro realizar una operación así. Lo mismo con aumentos de pechos gravitacionalmente imposibles, rinoplastias de tiralíneas y enésima lipoescultura. Es un freak show para la audiencia, pero no para los doctores. Para ellos, la madre de cinco que había intentado escatimar en una abdominoplastia estaba al mismo nivel humano que la paciente a la que un accidente de deformó la cara y la bimbo finlandesa cuyo único objetivo en la vida es pareer una muñeca hinchable porque nada en el mundo la hace tan feliz como la cirugía plástica, “mucho mejor que el sexo” y que había entrado en coma en un quirófano de puro estrés fisiológico. Los doctores explicaban cuál había sido la mala decisión, qué consecuencias había tenido en su cuerpo y qué se podía hacer para remediarlo. Sin moralismo, sin condescendencia, señalando cuando era necesario que tal vez la motivación no era la más sana o las expectativas eran irreales. El programa se alimenta de las angustias de los pacientes, pero los doctores no.

Muchos de sus pacientes pertenecen al mundo del espectáculo, como por ejemplo la drag queen Detox, que va a que le arreglen unos implantes de abdominales que quedaron desalineados y que le impiden mostrar el vientre en público porque saben que le van a criticar. También aparece una stripper que se dio cuenta de que las chicas con el pecho inmenso ganaban más dinero, así que invirtió en el activo laboral de sus tetas igual que otros lo hacen en un MBA. Un bodybuilder fue a ponerse un implante en el pectoral que no se desarrollaba y acabó sin pectoral izquierdo, truncando su carrera. Una prostituta trans ya entrada en años quiere «refrescar» su imagen y eliminar de la cara los implantes de silicona que se le han desplazado. También hay gente que no depende económicamente de su cuerpo; una mujer con una nariz colapsada por la cocaína, cicatrices del lifting facial mal cosidas, pero sobre todo, rinoplastias, aumentos de pecho y tummy tucks que salieron mal. Mujeres, en su mayoría, intentando dejar atrás las consecuencias físicas de una o varias gestaciones, que no querían tener «cuerpo de madre», sino «ser sexy» o «reconocerse en el espejo». Exactamente lo mismo que quería yo al ponerme tetas, reconocerme en el espejo. Lo que me diferenciaba de ellas era que yo había tenido el tiempo, el dinero y la suerte de dar con una cirujana que hiciera un buen trabajo. No habría caído en una clínica sospechosamente barata porque mi urgencia por arreglar mis tetas no era tal, pero porque mi mecanismo para lidiar con ello era ignorar que tenía tetas. Si yo hubiera sido de otra manera, si mis tetas hubieran sido bonitas y ya no lo fueran, si además de lidiar con todos los trabajos de la maternidad hubiera tenido que cargar con los peajes físicos que se cobra una gestación, quién sabe si no hubiera acabado yo en un sótano con un puñado de diazepanes en la boca.

No le conté a casi nadie que me iba a operar las tetas. Sólo un escogidísimo grupo de amigas y mi novia, más por una cuestión de apoyo moral y de segunda opinión que de otra cosa. Mis tetas eran cosa mía y de nadie más, y sabía que quería tomar esta decisión escuchándome a mí y sólo a mí. Ni siquiera se lo conté a mis padres, porque sabía que, aunque con la mejor intención, iban a darme una opinión sobre mi (futuro) cuerpo que no quería escuchar. Los terrores de mi madre se me iban a contagiar, las advertencias de «no te pongas demasiado pecho» iban a hacer mella, los «y si sale mal y te lo tienes que quitar y queda peor» iban a taladrarme la cabeza. No sabía qué era «demasiado pecho», ni me importaba, sólo quería mirarme al espejo con el sujetador de las prótesis y encontrar el tamaño que me hacía sentir bien; no era asunto de nadie qué tamaño fuera ese. Únicamente presté verdadera atención a la opinón de mi cirujana, de mi novia y mía, aunque la cirujana me sugirió poner un poco más porque en su experiencia casi todas las pacientes se arrepienten de no haberse puesto más pecho. No le hice caso, no me arrepiento. Esta fue la primera decisión corporal que tomé de forma totalmente autónoma, egoísta y vanidosa: mis tetas son asunto mío y de nadie más.

El resultado de mi operación ha sido absolutamente natural, tanto que tengo que mostrar las diminutas cicatrices para probar la intervención médica. Esa tampoco era mi preocupación, y bromeaba con la cirujana pidiéndole que me firmara las tetas y que iba a enmarcar la factura. No me firmó, no he enmarcado la factura, pero cuento a toda persona que quiera escucharme que me operé las tetas, porque estoy orgullosa de haberlo hecho, y porque no quiero que nadie piense que este pecho respingón sin sujetador pasados los 25 es una cualidad física con la que he sido bendecida y que se sientan mal porque ellas no; estas tetas son producto de dinero, trabajo y ciencia.

Si buscas en Google Images «celebrity botched» me juego algo que entre los diez primeros resultados está una foto de Donatella Versace. La primera es, seguro, Jocelyn Wildenstein. Tal vez aparezca algún artículo del Daily Mail hablando de los diez desastres ed la cirugía estética, escandalizados con Madonna o recordando el susto que le dio a todo el mundo Nicole Kidman cuando pensábamos que se había destrozado la cara. Vas a ver muchos artículos hablando del culo artificial de Cardi B o de las tetas como globos que se se puso Victoria Beckham en su día. Sin embargo te va a tocar escarbar un poco para encontrar reportajes sensacionalistas sobre la cara nueva que se hizo Kylie Jenner, el cuerpo de modelo que se compró Kendall Jenner porque su sueño era desfilar por pasarelas (actualmente es la modelo mejor pagada, y, si me preguntas, la que peor hace su trabajo) o cómo consigue Helen Mirren «envejecer tan bien».

Se ha teorizado mucho sobre la belleza pero muy poco sobre los juicios que hay alrededor, cuando el juicio es más que obvio: tenemos la obligación de responder a unos cánones determinados de belleza, pero no se puede notar que nos estamos esforzando en ello. Está prohibido romper la sacrosanta integridad de nuestro cuerpo con el filo de un bisturí , así que si vas a hacerlo, que nadie se dé cuenta. Siguiendo la moral protestante, la belleza debe ser una bendición del cielo. Si has sido bendecida, has tenido suerte. Si no, no hay salvación posible para tu espíritu. La belleza debe ser casual, no buscada, natural, y si no lo es, al menos debe parecerlo. Si no has nacido con la bendición de la belleza, la persecución debe hacerse por el camino difícil, porque debes expiar tus pecados de no ser bella; matarte de hambre en lugar de una liposucción, entrenar durante décadas en lugar de ponerte implantes de abdominales, sujetadores push up en lugar de aumentos de pecho, y envejecer elegantemente escondiéndote debajo de una piedra cuando ya no eres aceptablemente guapa. Y no me da la puta gana. Mi vendetta personal contra las críticas a la cirugía plástica: nunca son a la cirugía en sí misma, sino a que se note, a saberlo. Es decir, lo que se critica es la cirugía visible, la “barata”.

Nadie ha preguntado a Donatella Versace si considera sus operaciones de cirugía estética un fracaso (es decir, si no se ve como esperaba verse), pero estoy segura de que no. Nadie se ha disculpado con Nicole Kidman por el acoso mediático cuando apareció con el botox sin asentar y, por lo tanto, visible durante unas semanas pero aceptable después. Nadie habla de las tetas de la Beckham ahora que se las ha reducido. Sabemos que muchísima gente se hace cirugía plástica, pero sólo nos enfadamos con las que se les nota, porque o bien han querido que se les note, o bien no han podido pagarse nada mejor. Las que pueden, niegan haberlo hecho aunque sea obvio que se han operado. Me apuesto algo a que Judy Dench lleva encima más dinero que Amanda Lepore, pero Lepore se pavonea en corsés, ropa minúscula y tetas como globos, jactándose de ser «el cuerpo más caro del mundo». Tiene la desfachatez de decirnos que se lo ha comprado, que todo lo que parece artificial y postizo lo es, y que fue decisión suya. Su cuerpo es su proyecto, su inversión y su trabajo, pero, a diferencia de otras artistas «respetables», ella hace de toda esa artificiosidad su propio encanto. Estoy segura de que se mira al espejo y se vé la mujer más hermosa del mundo, ¿y quién dice que no lo es? ¿qué ideales estás aplicando para decir que no? ¿qué mecanismo trabaja en tu cabeza para enteneder lo «natural» como bello y lo «artifical» como feo? ¿es distinto al que funciona a la hora de catalogar los cuerpos delgados como hermosos y los gordos como desagradables? ¿no son canas naturales? ¿y los pelos del bigote? Más maquillaje lleva encima la que se maquilla con un «look natural» que yo con los morros rojos y el eyeliner hasta las orejas. Las críticas más feroces a lo que llaman “cultura de la belleza” (que en mi opinión es medio verdad, medio misoginia mal llevada) se tiñen el pelo y se maquillan los labios con tonos nude. Podemos deconstruir esto hasta el absurdo y no serviría de nada.

Hemos normalizado una serie de modificaciones corporales y otras no, cuando en realidad, casi todas son muy antiguas; los neardentales se maquillaban, el primer registro de cirugía plástica reconstructiva data del 1600 antes de Cristo en Egipto y los romanos ya conocían algunas técnicas que se podrían considerar protoliposucciones y ginecomastias masculinas. Nada de esto es nuevo, la persecución del canon de belleza ha existido siempre que ha habido un canon de belleza, sea cual sea. El deseo de ser bellos es inherentemente humano. El deseo de sublimar la belleza en un ideal, es decir, un cánon, también. No por ignorarlo va a desaparecer.

Esto no quiere decir que no debamos replantear la relación que tenemos con esos cánones y la presión social para seguirlos, que es lo que realmente nos atormenta. Soy consciente de que me operé las tetas porque quise, no soy ingenua creyendo que el canon no me afecta, pero sé que si nadie nunca me fuera a ver las tetas, me las habría operado igual. Si me sigues en redes, sabrás que llevo décadas atormentada por mi cuerpo, por estar lo que estéticamente se considera gorda. Mis hábitos de hormiga y mi sueldo decente me han hecho ahorrar de nuevo, y podría volver a meterme en un quirófano para una liposucción. Esa grasa corporal, a diferencia de las tetas, sí me atormenta cada día, y he hecho lo indecible para mantenerla a raya (sin éxito). Podría pagar y, dentro de unos términos razonables, la grasa desparecería, pero soy honesta conmigo misma y sé que mi problema no. Sé que si pudiera aislarme de la presión social por ser delgada, si no llevara veintinco años escuchando que estoy gorda y que eso es malo, lo más probable es que no lo hiciera. De momento aguanto, gracias a la terapia, a mi entorno cercano y a mi trabajo diario de verme bien por más motivos que mis medidas corporales, pero no puedo asegurar que eso vaya a ser así siempre. Quién soy yo para juzgar a quien se va a Turquía a hacerse una liposucción ilegal en Europa, o a quien compra Ozempic de contrabando (y aun así se le critica por tomar «la salida fácil» a la gordura que recriminan), o a quien se desmaya por la calle porque lleva una semana sobreviviendo a base de caldo de cocer alcachofas. Si fuera pobre y no pudiera pagarme la terapia igual estaría en esa lista. Si fuera rica tal vez tendría una talla 38 pagada al contado. Entiendo, comparto y defiendo la crítica a la presión, las modas, las famosas, tiktok, instagram, los filtros de belleza, los ideales inalcanzables, los cánones cambiantes, el capitalismo, la exigencia de belleza para ganar la humanidad. Lo que no entiendo es que se señale las espaldas mentales que se quiebran bajo todo ese peso y buscan alivio en una camilla. O tal vez es que sólo quieren verse bellas.

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